A primera hora de la mañana, en la intersección de la avenida Vicuña Mackenna con la avenida Matta, los flujos del transporte público dibujan con precisión la geografía social de Santiago. Desde los municipios populares del sur y del poniente, miles de trabajadores cruzan la capital hacinados en buses para cumplir jornadas en el sector servicios o el comercio. Sin embargo, al cruzar el límite hacia la comuna de Ñuñoa, el paisaje urbano cambia bruscamente: las fachadas exhiben ofertas de pan de masa madre, las ciclovías se llenan de bicicletas de diseño y los carteles publicitarios promocionan departamentos modulares orientados a profesionales jóvenes de altos ingresos.
Es en esa frontera donde la palabra “Ñuñork” deja de ser una simple broma de internet sobre cafeterías de especialidad para convertirse en una de las discusiones más acaloradas sobre las clases sociales en el Chile contemporáneo.
En una ciudad marcada por décadas de segregación espacial extrema, el concepto funciona como un prisma que expone las tensiones entre la clase media tradicional, los sectores populares y una nueva élite profesional altamente educada. Entender por qué el término genera tanta incomodidad y debate en la opinión pública exige adentrarse en la historia de la división de Santiago, las formas contemporáneas de distinción social y la fractura entre los discursos progresistas y la realidad económica del país.
La geografía dividida de Santiago y la ruptura del colchón social
Para comprender la carga de clase que encierra el término “Ñuñork”, es indispensable repasar el mapa histórico de la capital chilena. Santiago ha sido catalogada habitualmente por urbanistas y sociólogos como una de las metrópolis más segregadas de América Latina.
Durante décadas, la estructura socioeconómica de la ciudad respondió a un esquema geográfico rígido:
- El Barrio Alto (Sector Oriente): Comunas como Vitacura, Las Condes y Lo Barnechea concentraron históricamente a la alta burguesía, el capital financiero y la élite política tradicional.
- El sector Periférico (Sur y Poniente): Comunas como La Pintana, Cerro Navia, Renca o Lo Espejo albergaron a las clases trabajadoras y los sectores vulnerables, aquejados por déficit de servicios, menor conectividad y escasez de áreas verdes.
- El espacio amortiguador: Comunas como Ñuñoa, Santiago Centro y Providencia actuaron como una zona de transición habitada por la clase media profesional, empleados del Estado, profesores y comerciantes.
Sin embargo, el agresivo proceso de verticalización inmobiliaria y gentrificación experimentado por Ñuñoa en los últimos quince años alteró este delicado equilibrio. La llegada masiva de jóvenes graduados universitarios con altos sueldos y capital cultural elevado reconfiguró la comuna. Para los habitantes de los sectores populares, Ñuñoa dejó de ser percibida como un territorio entre pares de clase media para ser vista como un anexo extendido del Barrio Alto.
El término “Ñuñork”, por lo tanto, sintetiza el resentimiento urbano ante la expansión de la exclusividad. En el debate público, la etiqueta denuncia la captura de espacios centrales por parte de una nueva élite que encarece el suelo y desplaza las dinámicas populares, levantando una frontera invisible pero palpable para quienes cruzan desde las comunas periféricas.
Capital cultural y la ‘distinción’ como barrera de clase
El sociólogo francés Pierre Bourdieu argumentaba que las clases sociales no se definen únicamente por los ingresos económicos, sino por el “capital cultural” y los hábitos de consumo que marcan distinción entre unos grupos y otros. En Chile, donde el acceso a la educación superior y al crédito se expandió drásticamente en las últimas tres décadas, el concepto de Ñuñork se convirtió en el escenario perfecto para observar esta dinámica.
El debate sobre el estilo de vida en la comuna expone cómo ciertas pautas de consumo —frecuentemente presentadas por sus practicantes como decisiones éticas o neutras— son percibidas por el resto de la sociedad como marcadores de privilegio y superioridad de clase:
- La dieta y la sostenibilidad estética: El consumo de alimentos orgánicos, el cultivo de masa madre, las alternativas lácteas vegetales o el reciclaje de compostaje requieren no solo recursos económicos, sino también tiempo libre y acceso a información especializada, dos bienes escasos para la clase trabajadora sobrecargada.
- La movilidad como privilegio: La promoción de la bicicleta o la caminata como únicos medios de transporte sostenibles resulta atractiva dentro de un municipio céntrico con excelente conectividad, pero genera irritación en trabajadores de la periferia que deben viajar dos horas diarias en transporte público para llegar a sus empleos.
- El lenguaje y las causas globales: La adopción de terminología académica, discusiones de teoría de género o preocupaciones ecológicas globales es vista con frecuencia por sectores de menores ingresos como un código de pertenencia exclusivo que margina las necesidades materiales inmediatas.
De este modo, “Ñuñork” genera debate porque pone al descubierto cómo la nueva clase media-alta chilena utiliza el consumo consciente y la sofisticación cultural como un mecanismo de diferenciación social, creando una barrera simbólica tan infranqueable como la barrera económica del Barrio Alto.
La ‘burbuja moral’ y la fractura política con el mundo popular
El costado más áspero de la controversia es su dimensión política. Tras el estallido social de 2019 y la elección de Gabriel Boric en 2021, la comuna de Ñuñoa fue identificada por los medios y la ciudadanía como el hogar ideológico y geográfico del Frente Amplio y de la nueva generación que asumió el poder estatal.
En el debate público, el calificativo “ñuñoíno” comenzó a utilizarse para acusar a la élite gobernante de habitar una “burbuja moral”. El reproche —mantenido tanto por la derecha conservadora como por dirigentes sociales de la izquierda tradicional— sostiene que la agenda política emanada de Ñuñork priorizó demandas identitarias y de estilo de vida por encima de las angustias estructurales del pueblo trabajador.
Esta tensión quedó en evidencia durante el plebiscito constitucional de septiembre de 2022. Mientras que la propuesta de nueva Constitución, con un fuerte énfasis en la paridad de género y la plurinacionalidad, fue aprobada en Ñuñoa, resultó aplastantemente rechazada en las comunas de menores ingresos de todo Chile, donde las urgencias se centraban en la seguridad pública, la inflación y la salud.
El término “Ñuñork” se transformó así en un dardo para denunciar una forma de paternalismo político: una élite profesional que pretendía hablar en nombre del pueblo o la clase trabajadora desde la comodidad de una terraza de café, sin experimentar las precariedades diarias de la vida en la periferia.
La gentrificación interna: La lucha por el suelo entre dos clases medias
Otro factor que atiza la discusión de clases alrededor de Ñuñork es que la comuna no es homogénea. Dentro de sus propios límites se libra un conflicto de clase soterrado entre sus residentes históricos y los nuevos habitantes.
La Ñuñoa tradicional estuvo habitada por una clase media baja y media consolidada: jubilados de la educación, empleados públicos, artesanos y familias que construyeron su vida alrededor de viviendas de escala humana. La irrupción de la masa de profesionales de altos ingresos provocó un alza desmedida en el costo de la vida y en las contribuciones territoriales (impuesto a la propiedad).
El debate social se enciende cuando los propios adultos mayores de la comuna se ven acorralados financieramente por la valorización del suelo, obligados a vender sus casas a desarrolladoras inmobiliarias y trasladarse a comunas más pobres. Para muchos observadores, el fenómeno de Ñuñork representa la forma más voraz del capitalismo urbano: una clase acomodada que expulsa silenciosamente a la clase media histórica a través del mercado, mientras enmascara el proceso bajo una estética de modernidad y tolerancia.
El reflejo de las ansiedades de un país en transición
El término “Ñuñork” genera un debate tan apasionado sobre las clases sociales porque opera como un espejo incómodo para la sociedad chilena contemporánea.
Chile es un país que cambió radicalmente en las últimas décadas. La emergencia de una clase profesional numerosa y educada transformó los hábitos de consumo y la conversación política. Sin embargo, este proceso de modernización no eliminó las profundas desigualdades de ingresos ni la segregación espacial que históricamente han dividido a Santiago.
El debate alrededor de Ñuñork no es, en el fondo, sobre el café, las bicicletas o las mascotas. Es sobre la frustración de una mayoría silenciosa que siente que los beneficios de la modernización urbana y el reconocimiento político siguen estando concentrados en unos pocos códigos de clase. Mientras la ciudad siga construyéndose en torno al privilegio de unos pocos rincones y a la postergación de grandes sectores periféricos, la palabra “Ñuñork” continuará siendo el nombre de una herida social no resuelta en el corazón de Santiago.